viernes, 7 de enero de 2011

El colocador de palabras

Esta mañana postepifánica la gasto en menudeces, en lecturas irrelevantes, en apurar los cigarrillos secos que encuentro en los cajones de la memoria. Un lirismo, como una paloma atravesada por un llanto de luna o el susurro de un angelito borracho, se encrespa en mi discurrir, en este pensamiento agotado por comilanos y etilismos esporádicas y caprichos menores que apaciguan mis ansias más íntimas en esta Navidad felizmente acabada.
Un lirismo derretido sobre sí mismo, un flash, un fogonazo que llega desde algún lugar. Una vocación a la que estrujo e intento exprimir algunas gotas de zumo literario. Me empecino, siempre luchando contra lo mismo, siempre buscando la verdad, el estilo: su utilidad, su franqueza, su voz más auténtica.
Ese lirismo o vorágine salvaje, quizá mal entendida, es una necesidad como cualquier otra: la de beber un vaso de agua, o la de una siestecita de cinco minutos a media tarde, o la de una masturbación a altas horas de la madrugada. Puras necesidades biológicas.
Así funcionan estas filtraciones del más allá o de quién sabe dónde. A veces, como un vómito de flores, van cayendo las palabras en el recipiente blanco de la pantalla. Pero no hay fórmula exacta. Un día salen ordenadas, otras en tropel, con la necesidad de verse ellas mismas en el mejor sitio, y me piden que las cambie como si supieran que lugar les corresponde dentro del texto, y yo, con la incapacidad de un niño en desequilibrio, hago y deshago a mi antojo hasta que me doy cuenta que son ellas, las palabras, las que van eligiendo la posición más o menos ordenada, acorde con el carácter y la capacidad del que tienen a su cargo para poder seguir mostrando su viveza y espíritu.
Esto viene porque no hace mucho, en la librería de barrio, la Librería Méndez, un viejo escritor con poco éxito y sobrada calidad, al que veo de vez en cuando, me dijo con la certeza de un estudio sociológico serio: "Cada segundo cien palabras sufren una injusticia al ser mal colocadas o usadas". Mientras admirábamos el arte de ver bien ordenadas las palabras en una poesía, justo en ese instante, llegó un gran "colocador de palabras". Mientras éste saludaba al librero con su sonrisa de caballo y su mirada arequipeña, todo un huracán de palabras se tiró a sus pies con el alboroto del perro que recibe a su dueño, con la única intención de ponerse a su servicio. El "colocador" rió, las acarició en la cabecita con amor y condescendencia y, al rato, salió de la librería con un par de libros y un bonito rebaño de palabras embaucándolo para que hiciera con ellas lo que se le antojara. El escritor parecía feliz con todo ese alboroto palabrero a su alrededor. Éstas se entregaban con la seguridad de no verse menospreciadas y yo me quedé, de nuevo, con la duda de quién manda, si el escritor o las palabras.

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