martes, 7 de junio de 2016


Una tarde extrañamente blanca, 
sin posibilidad de negociarla,
mirando a través de los cristales
la luz que se posa en los edificios
y sobre la gente que pasa.
Y yo allí dentro, en la biblioteca nueva,
sin chismes ni afán de salvarme de nada.
Salgo y paso por detrás del cementerio,
donde la gente va a hacer footing 
y se escuchan las voces de los niños medio olvidados,
libres de las angustias y de sus copiosas ceremonias.
Me asomo al terraplén, extiendo los brazos, 
estiro el cuerpo: la piel del viento se arremolina.
Mi estampa desgarbada no se amedrenta, 
y  por momentos, sostenido por una nieve imaginaria, 
indago en los recuerdos, 
los destripo y los aplasto como si fueran 
los muertos que alimentan las raíces del cementerio. 
El aire bajero y todas sus esquinas, las gaviotas, 
el puente vívido en su apatía, 
las palabras vacías, el cielo.
Aquí nada ha cambiado. 
Todo me recuerda a algo. 
Vastas pero insuficientes palmeras 
allanan esta masa de destemplanza.
Me escondo tras el ruido de las bocas de salitre. 
A su cáustica melodía de manillares me asomo, 
me despeño, me delirio. Oh I me mine
La melodía del mar se mece igual 
que un gran piano triste.
El horizonte, tatuado por la velocidad 
escarpada, delimita el entorno de
las grúas del puerto que se estremecen 
entre los barcos que fondean sin conocer la duda.
Pesa la vida y sus silencios, sin embargo, 
como si emprendiera un viaje en solitario 
o tuviera que arrojarme desde un duro rascacielos, 
voy en busca del abismo que me define. 
    

martes, 24 de mayo de 2016

Nadie lo apreciaba 
porque todos 
eran animales
alados con serias 
primaveras de aire.
Caían en un 
vertedero de plumas, 
como lo hacen 
las cenizas de las rosas 
fraguadas en verano. 
Los ojos eran del color 
del semen y de la sangre. 
Qué belleza verlos 
arder en lágrimas 
a la luz de la mañana. 
Gestos manchados 
por un trébol de dolor. 
Volaban voraces 
y valientes, como 
cachivaches de fuego 
en busca del desierto
Las aristas del cielo 
se rompían a cientos 
y alguien puso 
una peli para disimular. 
Morían todos, 
uno a uno, ahogados 
en el desprestigio 
de la cerveza caliente. 
Los lobos salieron 
disparados con los 
colmillos dorados de sarro. 
Alguien esperaba a la luz 
de su propio entierro  
un premio de consolación.  


miércoles, 11 de mayo de 2016


Te pensé como garza de fuego 
cuando salí a inmolarme a tus pechos 
y todavía te intuía en cada calleen cada 
sueño, en cada gota de viaje y alabastro. 

Un día tapé tus ojos con el silencio de mis manos
en medio del caos que no nos deja ver.
Aún existían oscuridades luminosas.

Se perdió la maquinaria de los cuerpos enredados, 
la piel de escondidos océanos, los papiros de saliva 
saltando de boca en boca, en gestos de firme ingenuidad.  

Rectas espaldas agotadas de cielo subirán con camisa tardía 
por los veranos adormecidos de las manos

La vida son golpes sobre un yunque de lombrices, 
un teatro interpretado al aire de las contemplaciones.
Como la garza morena que huye con frialdad
todo y nada en ti fue vuelo alto.

  

domingo, 8 de mayo de 2016

Esas mañanas mirando por la ventana antes 
de que el sol alumbrase el skyline. 
Me despertaba sobre la triste alfombra de la vida. 
Hombres como sombras saliendo de sus casas para ir a trabajar. 

A medias, la vida a medias. 

Esquinas azuladas una tarde de paseo un día de fiesta. 
Sus ojos de almendra tras el resplandor de las gafas 
sin entender bien qué era el amor. 

Más que escribir poesía, el ideal era llevar una vida poética.  

El anhelo abierto como una operación a vida o muerte. 
El reloj de sus dedos casi adolescentes. 
La boca dulce, la risa blanca que a diario 
yo me empeñaba en subir a un pedestal.

sábado, 30 de abril de 2016

Oda al Primark

Madre, nunca te he dicho lo mucho que pienso
en el Primark de la Gran Vía, en sus luces
y sus sombras a última hora de la tarde,
cuando los pájaros tristes imitan el vuelo
de las gaviotas en esta orilla podrida de corazones.
A veces, me dan ganas de subir por las escaleras mecánicas,
madre, montaña rusa de vómitos y promesas,
para sentir la grandeza del sueño capitalista.
Imagino que paseo por los pasillos multidireccionales,
igual que los monarcas lo hacían por los jardines
de setos bajos, y deslizo la mano por las mercancías
para impregnarme del olor a 'Made in Bangladesh',
'Made in Turkey' o 'Made in China', mi querida madre,
un país de más de mil millones de habitantes,
donde todo es fuego de dragones, oro desvainado,
fábricas, riqueza, contaminación, raíces,
deleite, nuevos ricos muy ricos, rascacielos,
chabolas, censura. Ya sé, madre, siempre el temor
a los poderosos,  el miedo a la guadaña
que viene a cercenar la paz del hombre humilde.
Pero no importa, porque aquí adentro
llueve una música dorada y toda ella cala
hasta lo más hondo de nuestras tarjetas de débito.
El dinero se desgañita en la cartera como un macaco enloquecido.
Puedo, incluso, dibujar el vuelo suicida de las alondras
en el cielo artificial de sus dividendos.
Primark, madre, es un mercado que dispensa
felicidad a bajo precio y nadie te hace preguntas.
La única profundidad posible, te lo digo,
madre, con temor a ser contaminado,
es el linaje de la luz blanca y condescendiente.
En esta boca de lobo sin colmillos
la barbarie de Occidente se amortigua.
Cada gesto inane realizado, lo tachan de valiente:
mirar una etiqueta, pedir una talla que no existe
o descansar en unos sillones con vistas,
mientras recargas la batería del teléfono móvil.
Es la ausencia de conflictos, una sociedad sin guerras,
donde las guerras tienen otras caras, otras muecas, otras fronteras.
Hay aquí un ambiente de sonrisas plastificada y de estribillos purpurina. 
Como en los trópicos, reina la abundancia.
Ya existen leyendas urbanas evocando a nuevos dioses.
Afuera, en la calle, muy cerca del nuevo templo,
hay una señora anunciando nuevas frondosidades.
Dentro, en cada esquina, germinan abundantes productos,
todos ellos muy bien distribuidos.
Son chicas las que cantan, madre, por sus estrechos úteros.
Y son ellas, jóvenes y mayores, y también ellos,
madre, qué cosa de suprema inteligencia,
los que vienen a pegarse la fiesta del consumo.
Un sueño por cumplir sería el de dormir
en el bosque rosáceo de bragas y sujetadores de la primera planta.
Qué alegría más ingenua, madre, yo viviré en Primark
la más feliz y terrorífica tarde de este siglo.
Subiré a la última planta, diseñaré mi propio recorrido,
ajeno a modas y autoridades, y compraré productos
baratos e innecesarios. Así honraré el nombre
y la sangre de nuestra familia, y os haré partícipes,
madre, de esta gran conquista del ser humano.

martes, 26 de abril de 2016

Qué triste monstruo lleva dentro.
Tan alegre en otras ocasiones.
Vívido y fugaz, dibujado en sombras,
ilumina de charcos su voz cansada, 
un humedal de viento en su lengua de varices.

Qué triste monstruo lleva dentro.
Con voz de aceras y colillas, ahora tributa a otros ébanos.
Llora silencios sobre el breve desayuno.
En plegadas multitudes se retiran los discursos de su pecho.
Ahogadas decisiones, unas detrás de otras, se vomitan.

Qué triste monstruo lleva dentro.
Ilustre borracho e indeciso, un pus diamantino.
La tajada podrida de un retrato cayendo en sombras.
No hay en él descalabros, ni venganzas,
sólo un riachuelo dulce que se escapa.

Qué triste monstruo lleva dentro.

jueves, 31 de marzo de 2016

Chaqueta de cuero

Le gusta sentarse en las gradas
con la chaqueta de cuero puesta
y observar a los atletas deshacerse 
de la luz de los focos en la piel.
Así pacifica su mente, igual
que el vocabulario mecánico
ameniza las tardes en los 
programas televisivos para ciegos.
Se solidariza con el esfuerzo que realizan 
las nadadoras en la piscina de invierno. 
La fiesta muscular de sus pechos, 
la monotonía limpia de movimientos 
siempre han sido ejemplares 
en su abnegada manera de ser, 
como espléndidas anémonas 
vistiendo gorritos de baño de infancias paleolíticas.
Él también tendría que ejercitar
sus brazos y estirar la espalda, pero pasa. 
Prefiere pensar en libros o construir chamizos 
donde tomar vino hasta desfigurar la madrugada.
Ya estarán dirigiéndose hacia las habitaciones, 
ingenuos y exuberantes, incluso los más inteligentes. 
Él se desvía en silencio para mirar la electricidad de la noche. 
Lleva un poema de niño eterno en la mano, 
unas gafas de sol recuerdo de su padre 
y la vieja chaqueta de cuero.

sábado, 26 de marzo de 2016

Cuando el color blanco arde y se apaga

La habitación es blanca,
tan blanca que se podrían
empujar nubes por las escaleras 
sin consecuencia alguna.
La noche planta vergeles en la boca. 
No hay palabras ni llagas ni besos. 
Sólo raíces buscando paz en la caligrafía de la garganta.
Con el aliento exprimido de la humedad 
refuerzo la pureza del techo y de las paredes.
El blanco es el templo donde todo es posible.
Ruedan voces de harinas variables.
iPhone ha sacado el modelo SE, 
me dice tumbada en la cama con acento religioso, 
mientras trato de averiguar el color que emana de nuestras vidas.
Levanta lunas de levadura
con el movimiento de sus pestañas
y muerde la raza de los corazones.
Bébete el té, la cerveza aquí es cara y escasa, 
con espuma suave de orificios prohibidos y nervaduras místicas, 
canta ciega de silencios desde la orilla de Üsküdar.
Arde en llamas el mar blanco de nuestras sábanas. 
Arde y se apaga. Arde y se apaga.
El barco surca el Mar de Mármara, 
no hay peces, sólo monedas 
de viento cepillándose el cabello.
Qué dulce es el blanco cuando
se acurruca entre los gatos de la ciudad, 
dentro de esos viejos y leñosos espantapájaros.
Las prostitutas del puerto leen con pena a Alejandra Pizarnik. 
Lloran y ríen. Lloran y ríen.
Llevan pintadas las uñas del color de los acantilados. 
Hay quien las sermonea como si fuera el dueño del Cuerno de Oro 
o de sus vaginas de papiro. 
Pasean a los lobos con un cigarrillo en los labios, 
hurgan en los armarios de la ciudad montadas en autobuses.
Las prostitutas son las únicas que pueden hablar con el viento, 
lloran y ríen tumbadas en la arena de sus mejillas, 
sin dejar de pensar en el dinero y en las fronteras de lo indecible. 
Sus faldas vuelan antojadizas, se les suben por las rodillas 
hasta dejar al descubierto las pantorrillas doradas. 
Nadie se les acerca a plena luz del día, 
por eso sus manos danzan eternas cuando conversan.
Qué dulce y amargo es el blanco.
Arde y se apaga. Arde y se apaga.
A la hora de la oración es como si la ciudad 
se llenara de pajaritos con alas de fuego, 
el aire quema y el agua no sacia la sed. 
Brotan plegarias ininteligibles de la nada, 
se adhieren a la camisa rota de la memoria 
y los botones de oro brillan sin contemplaciones. 
No es devoción religiosa, 
es como si todos hubieran bebido del cuerno de la abundancia, 
maná del paraíso, y se hubieran intoxicado, 
me dice ella, desnuda e inteligente, bajo las sábanas blancas.
A las calles de la ciudad le crecen zumos de granada, 
en el mercado se venden cuchillos afilados, 
la gente se deshace de sí misma y se busca y acaricia sus pies descalzos 
y los rezos son plegarias extendidas sobre mapas infinitos.
A veces dan ganas de apartar la vista, 
igual que si pusieran en la mesa un plato de comida rancia.
Hay que ir al norte, allí duerme en una cama de oro el color blanco, 
donde las mujeres lloran piedras y leche y pistachos.
En el norte está el cementerio, lleno de cuervos y de gatos. 
Las tumbas cuelgan de la montaña. 
Suben los hombres a visitar a los muertos y a rezar por sus almas. 
Muchos toman el funicular y se pierden, o acaso, 
me susurra ella al oído, no quieren regresar.
Los gatos y los sepultureros son los más felices del cementerio.
Los cuervos dan un concierto de flauta desafinado 
en las ramas de los árboles, 
graznan negras las podredumbres de este lugar.
Ni las prostitutas se libran de esta tristeza, 
que corre ligera y viscosa entre sus piernas. 
Cuanto más al norte, más puro es el blanco. 
Cuanto más lechosa la herida, más terrible la estampa. 
Más allá de la frontera del norte hay más mares, 
más ríos, más montañas 
y el color blanco que arde y se apaga, arde y se apaga.