miércoles, 11 de enero de 2017

La playa

Cuando suenan los barcos en la noche
cruzando la bahía y el viento no es 
refugio y pértiga enfadada, cae sobre
mis ojos un trigal de vivos recuerdos.

Entonces pienso en la injusticia de las horas
y en las aves con pico de lluvia, y las 
almaceno en lo más oscuro de la memoria,
como el cazador furtivo hace con su presa.

Y es al nacer el día, cuando las gaviotas lloran
y ríen, y el litoral se confunde con un cementerio,
que las olas débiles y rotundas se deshacen
en hemorragias blancas a llegar a la orilla. 

Hasta allí me acerco, al invierno del agua,
a mojarme los pies y las manos, igual 
que las lenguas de nieve en las laderas 
de las montañas van en busca del caudal de vida. 

Los peces de petróleo mordisquean 
diciembre y huye el óxido con su sigilo.
No hay asombro ni justicia en este cielo
de plomo que sobre mi sombra se derrumba. 


jueves, 15 de diciembre de 2016

Hierro de aires


Alma, tú que lloras
dentro de mi caverna, 
como fuego vacío de calor,
el que protege y alumbra:
tan frágil sumidero vuela 
y a todos los mares humilla.

Da miedo abrir la mañana
con sus ciegos combates de poder.
En su grito lodazal suena del silencio
la inquina vitalísima. 

Alma ensimismada, idiota turbia
del día que llega anfibia en su voz 
organdí de pasos desanudados
por los pasillos oscuros del dolor,
hace mucho que llevo puesto
del soplo del acantilado su llanto.

Cuándo vas a dejar de repicar,
alma mía, prostituta sutil,
los recados que no sé quién 
te ha mandado hacerme saber.  

En este imprevisible viaje que me lleva a la fosa,
hierro de aires de pájaro imposible. 



lunes, 12 de diciembre de 2016

La grieta

Se ha abierto una grieta en este día de lluvia.
Brotan rayos en el cielo. Las promesas de anoche
son una barcaza a la deriva. Hay niños jugando en 
el parque a horas intempestivas sobre la tierra sedosa.
Las madres hablan entre ellas, huelen el descampado 
futuro de la navidad venidera. Ese mismo olor se 
desvanece en láminas de arrepentimiento entre los 
gorriones y las hojas caídas de los árboles, como 
un podrido vendaval de ritmos amerindios y confusos. 

Por la grieta escapan los recuerdos, el cielo cambia 
de color, suenan las campanas de la catedral con
un humor vago y distinto. Antes de que las semillas
de la tierra cayeran por el desfiladero del perfume
con olor a pan, comíamos uvas e higos, y la leche
brotaba de la boca de miel con lengua de rosas. 

La ciudad se abre enjoyada en piedras. Vasos de 
plástico abandonados de una fiesta sin fin, en
el puente de Segovia. Del palacio sale una 
bruma militar entre cuellos musculosos de caballos 
de negras crines. En el relinche de una de las bestias
rugen los motores del amor. El sonido incompresible
estremece a su jinete, que en un gesto muestra sus 
pequeños miedos de metal, destripados por los 
buldóceres mentales de una adolescencia triste.     

Es esa grieta por donde se escapa la vida que azuza. 
Se cuelan las tinieblas de unos ojos acorazados 
al dormir, cuando la grieta se cierra como un verso sencillo.  
El olor a incienso de los ascensores, mientras bajo a por el pan, 
purifica el ambiente y prende el blanco tupido de los dientes.
Salta la violencia de la mañana y se tensan los músculos.
Las areolas como raíces de redondez fugitiva arraigan
en el pecho cardenalicio con el que me amamanto.
Dedos de alambique, mentón de reina. 
La grieta se abre paso, nos hace esclavos, nos abduce.  

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Un sueño de verano

No sé si fuimos o soñé que fuimos 
a Milán. Tampoco sé si dejamos bien 
atado el verano a la cintura de la isla. 
Lo que sí recuerdo, y esto no es una 
certeza en tierra firme, es que tomamos 
un café en el aeropuerto y que en el 
avión nos pusieron de desayunar. 
Aún posaba su cabeza sobre mi hombro. 

El cielo era una fosa de prestigio 
de un azul inmenso digno de un cuadro 
de Solange Rosales. Afuera el aire era dios, 
o una masa uniforme de artificio divino. 

Éramos los únicos españoles del avión 
de la aerolínea italiana. Todos estaban 
bronceados y tristes porque las vacaciones 
habían llegado a su fin. En eso nos parecíamos 
todos. Con la diferencia de que nosotros 
aún teníamos un viaje por delante. 

Al aterrizar nos despistamos brevemente 
en el aeropuerto. Nos montamos en un tren. 
Al llegar, la ciudad parecía cerrada. 
Paseamos perdidos y ofuscados en busca 
del hotel más céntrico en el que jamás 
habíamos estado. Pero todo estaba escrito. 
¿Acaso fue un sueño de verano?

Una mañana, durante un largo paseo 
esquivando turistas, vimos un alto 
campanario al que iban a morir los pájaros. 
El río cantaba con agua de esperanzas. 
El sol no dejaba de rugir. Mientras, 
buscábamos un supermercado donde 
comprar hielo para celebrar que el spritz 
era nuestra bebida favorita, una especie 
de símbolo de decadencia matrimonial. 

Desnudos y sedientos en la cama del hotel, 
separados por una mesilla de noche, 
emulamos los gestos de la pareja distante. 
Su cuerpo de piedra o de alfombra hierática 
descansaba dentro de los pliegues de las sábanas.
Olía a flor recién abandonada sobre una lápida. 

Mi cuerpo, llevado por la corriente 
como un tronco de madera yaciendo 
a solas junto a la resina del orgullo, 
esquivaba el rencor de los brillos plateados. 

El fuego quemaba igual que la blancura 
de la almohada. Debajo del balcón pasaban 
los tranvías dejando un rastro de música sutil. 
Era un juego de contrastes, la negrura de 
una situación que se presentaba de lo más extraña. 

Violeta y cardenalicia, más tarde, la noche 
bajó a sus ojos como una prostituta arrepentida. 
Entramos a comer en una taberna de comida 
regional, llena de mosquitos hambrientos 
y buen queso. Paseamos por las calles, con andar 
amarillento, y un helado artesanal en la mano. 
Alhajas innecesarias salieron a vestirnos.

Siguieron las mañanas confusas, los mediodías 
eternos, las tardes serviles, las noches cruentas. 

El último día bebimos una botella de vino 
en una calle céntrica y perdimos la noción 
del tiempo. Tan imprevisible fue todo que faltó 
muy poco para perder el avión quedarnos en 
tierra. Atravesamos con furia los pasillos 
vacíos en busca de la puerta de embarque. 

Yo corría descalzo, con los zapatos en la mano. 
La maleta rodaba suave y vertiginosa cuando 
la adelanté. "Haberme dejado atrás, 
mejor perder sólo un billete", me dijo 
mientras tomábamos una copa para celebrar 
que habíamos cogido el avión. Era la primera
vez que bebía alcohol a diez mil pies de altura. 
Ya no había hombro en el que apoyarse. 
Tan sólo éramos dos pasajeros sobrevolando  
el cementerio de un sueño de verano. 


   

viernes, 25 de noviembre de 2016

Todo eso

Si vinieras algún día con el pez muerto de la desdicha bajo el mar de trigo desaparecido, veríamos volar al cormorán de la venganza con llaves de arrastrados pañuelos. El coraje de la dicha. Los goznes chirriantes de la mala vida. El lenguaje limpio de la tarántula. La miel de cieno centrífugo. 

Si vinieras algún día la música se serviría en recipientes de felicidad extranjera, en fiestas donde nadie se entiende, en las sinuosidades de los bares en penumbra, junto al helio de la belleza de los afortunados y su "fugaz floración". Tigres color mihura en la brújula del tiempo del rugir. 

Si vinieras algún día al telón de pieles rotas, o al secuestro interestelar del frío oscuro, o al tridente de euforias, se revelarían en huelga ángeles y plantas carnívoras, y los dioses, divertidos, se arrojarían contra todo aquello que respira, bendecidos por sí mismos como viejos escupiéndose desamparo, alejados del Olimpo, sin idea de volver. 

Hopper

Qué más necesitas.

Compras una cómoda,
una mesilla de noche,
una cama  y te regalan
una almohada en anacrusa.

Las paredes, desnudas y húmedas, 
como un jarro de agua fría. 

Te ofrecen una lámina
de un cuadro de Hopper
para que te tires a los 
brazos de la cultura.

El wifi del vecino
y un tendedero comunitario. 

La poesía a fogonazos, 
el frío trenzado subiendo la piedra. 

Es la vergüenza de no sentirte libre
en estos días de lluvia.

Vives a tientas 
con la sed celeste en los labios. 

El reloj interno se descose
junto al pájaro que duerme. 

Lo que sentí una tarde cuando los aficionados de un equipo de fútbol coreaban cánticos incomprensibles

Tan agrio ladra el perro

en el corazón 

que todo hiede a bilis. 


Llevo las manos sajadas.

Los libros son flores o cuchillos.


Ya no leo poemas,

sólo meridianos de sangre,

pestañas a punto de ser libres. 


El valor del hombre acaba 
envuelto en sábanas
igual que Tequila de Fuego,
el poeta favorito de toda una generación,
el cual escribió que hacerse mayor 
era ir pisando jarcias hasta hacerlas ceniza. 


Pienso en eso versos,

frente a edificios y hordas de borrachos

adentrándose en el bosque de los anzuelos. 


Un trajín de ruidos 

trae una aroma a rabia,

es la música lejana del avispero.


Qué es

¿Qué es esa luz de agua y artificio mudo, 
secreter del invierno mientras cae la noche 
como un pétalo dormido; qué es ese silbido 
de párvulo aire, el aleteo entre neblinas 
del salvaje que todo animal construye hacia afuera, 
el rezo cuando muere la ola hambrienta de ahogados?

lunes, 24 de octubre de 2016

La enferma y bella hora

Es la enferma y bella hora.
Arden luces de sidonia,
y geografías cerúleas
se instalan en la frente. 
Refulgen los carteles
luminosos de los super.
Hay autobuses azules
como demonios en busca
de las últimas víctimas.
La ciudad se asienta
sobre una catástrofe de plásticos,
junto a excursiones de silencio
y verbos tiernos de basura.
La huida hacia adelante
del discurso de unos ojos
minerales escondidos
es un refugio de mentiras. 
Hay esquinas que huelen 
a tañidos de campana. 
La lengua está anegada de charcos
que sueñan con ser saliva.
Han volado los días dulces
y el vino envejecido.
La tarde es un infierno
que se extingue,
un jardín de pena 
quemándose en las manos.
Como promesas agavilladas
con cinturones, como recodos
ciegos y rotos de cariño, 
se desangra el hombre en silencio. 


martes, 18 de octubre de 2016

Las tardes

                                                      A José Antonio Soto Cruz

Pasábamos las tardes 
en las terrazas
bebiendo cerveza 
y fumando sin hacer
concesiones a nada ni a nadie. 
El camino de espuma 
era plácido y suave.
Allí poníamos a orear nuestras vidas.
Hablábamos de libros, 
cada vez menos de música,
y, a menudo, de zapatos 
que comprábamos habitualmente 
en temporada de rebajas.
Un corrillo de gorriones 
revoloteaba cerca. 
Mirábamos aquel ecosistema 
original y sin complejos
igual que si fuera un espectáculo 
para el que nunca nos habían educado. 
El cielo anunciaba un atardecer de nubes sarcásticas.
Como corceles derrotados por nuestro esfuerzo,
los botellines brillaban 
desordenados en la mesa. 
No éramos ciudadanos ejemplares.
Aunque tampoco 
nos sentíamos partícipes 
de ninguna feria de vanidades. 
Tan sólo éramos dueños 
de un inventario de derrotas. 
Parecíamos ilusos cegados 
por la mordedura de las horas. 
Quién querría ir a guerra alguna 
si ya vivíamos en un batalla de pavesas. 
Carcajadas o muecas de monstruo.
La flor de la ceniza bajando 
a trompicones por la camisa. 
Sin fuerzas para hacer 
los ajustes de cuentas necesarios, 
volvíamos a casa 
con la mirada perdida, 
ahítos de cerveza,
con la certeza de que aquel 
jolgorio de gorriones 
era lo más cerca que jamás 
estaríamos de la verdad.   
Era raro, porque no había 
nostalgia por el pasado.
Sólo queríamos que se reconociese 
que habíamos luchado en la vida.