martes, 26 de abril de 2016

Qué triste monstruo lleva dentro.
Tan alegre en otras ocasiones.
Vívido y fugaz, dibujado en sombras,
ilumina de charcos su voz cansada, 
un humedal de viento en su lengua de varices.

Qué triste monstruo lleva dentro.
Con voz de aceras y colillas, ahora tributa a otros ébanos.
Llora silencios sobre el breve desayuno.
En plegadas multitudes se retiran los discursos de su pecho.
Ahogadas decisiones, unas detrás de otras, se vomitan.

Qué triste monstruo lleva dentro.
Ilustre borracho e indeciso, un pus diamantino.
La tajada podrida de un retrato cayendo en sombras.
No hay en él descalabros, ni venganzas,
sólo un riachuelo dulce que se escapa.

Qué triste monstruo lleva dentro.

jueves, 31 de marzo de 2016

Chaqueta de cuero

Le gusta sentarse en las gradas
con la chaqueta de cuero puesta
y observar a los atletas deshacerse 
de la luz de los focos en la piel.
Así pacifica su mente, igual
que el vocabulario mecánico
ameniza las tardes en los 
programas televisivos para ciegos.
Se solidariza con el esfuerzo que realizan 
las nadadoras en la piscina de invierno. 
La fiesta muscular de sus pechos, 
la monotonía limpia de movimientos 
siempre han sido ejemplares 
en su abnegada manera de ser, 
como espléndidas anémonas 
vistiendo gorritos de baño de infancias paleolíticas.
Él también tendría que ejercitar
sus brazos y estirar la espalda, pero pasa. 
Prefiere pensar en libros o construir chamizos 
donde tomar vino hasta desfigurar la madrugada.
Ya estarán dirigiéndose hacia las habitaciones, 
ingenuos y exuberantes, incluso los más inteligentes. 
Él se desvía en silencio para mirar la electricidad de la noche. 
Lleva un poema de niño eterno en la mano, 
unas gafas de sol recuerdo de su padre 
y la vieja chaqueta de cuero.

sábado, 26 de marzo de 2016

Cuando el color blanco arde y se apaga

La habitación es blanca,
tan blanca que se podrían
empujar nubes por las escaleras 
sin consecuencia alguna.
La noche planta vergeles en la boca. 
No hay palabras ni llagas ni besos. 
Sólo raíces buscando paz en la caligrafía de la garganta.
Con el aliento exprimido de la humedad 
refuerzo la pureza del techo y de las paredes.
El blanco es el templo donde todo es posible.
Ruedan voces de harinas variables.
iPhone ha sacado el modelo SE, 
me dice tumbada en la cama con acento religioso, 
mientras trato de averiguar el color que emana de nuestras vidas.
Levanta lunas de levadura
con el movimiento de sus pestañas
y muerde la raza de los corazones.
Bébete el té, la cerveza aquí es cara y escasa, 
con espuma suave de orificios prohibidos y nervaduras místicas, 
canta ciega de silencios desde la orilla de Üsküdar.
Arde en llamas el mar blanco de nuestras sábanas. 
Arde y se apaga. Arde y se apaga.
El barco surca el Mar de Mármara, 
no hay peces, sólo monedas 
de viento cepillándose el cabello.
Qué dulce es el blanco cuando
se acurruca entre los gatos de la ciudad, 
dentro de esos viejos y leñosos espantapájaros.
Las prostitutas del puerto leen con pena a Alejandra Pizarnik. 
Lloran y ríen. Lloran y ríen.
Llevan pintadas las uñas del color de los acantilados. 
Hay quien las sermonea como si fuera el dueño del Cuerno de Oro 
o de sus vaginas de papiro. 
Pasean a los lobos con un cigarrillo en los labios, 
hurgan en los armarios de la ciudad montadas en autobuses.
Las prostitutas son las únicas que pueden hablar con el viento, 
lloran y ríen tumbadas en la arena de sus mejillas, 
sin dejar de pensar en el dinero y en las fronteras de lo indecible. 
Sus faldas vuelan antojadizas, se les suben por las rodillas 
hasta dejar al descubierto las pantorrillas doradas. 
Nadie se les acerca a plena luz del día, 
por eso sus manos danzan eternas cuando conversan.
Qué dulce y amargo es el blanco.
Arde y se apaga. Arde y se apaga.
A la hora de la oración es como si la ciudad 
se llenara de pajaritos con alas de fuego, 
el aire quema y el agua no sacia la sed. 
Brotan plegarias ininteligibles de la nada, 
se adhieren a la camisa rota de la memoria 
y los botones de oro brillan sin contemplaciones. 
No es devoción religiosa, 
es como si todos hubieran bebido del cuerno de la abundancia, 
maná del paraíso, y se hubieran intoxicado, 
me dice ella, desnuda e inteligente, bajo las sábanas blancas.
A las calles de la ciudad le crecen zumos de granada, 
en el mercado se venden cuchillos afilados, 
la gente se deshace de sí misma y se busca y acaricia sus pies descalzos 
y los rezos son plegarias extendidas sobre mapas infinitos.
A veces dan ganas de apartar la vista, 
igual que si pusieran en la mesa un plato de comida rancia.
Hay que ir al norte, allí duerme en una cama de oro el color blanco, 
donde las mujeres lloran piedras y leche y pistachos.
En el norte está el cementerio, lleno de cuervos y de gatos. 
Las tumbas cuelgan de la montaña. 
Suben los hombres a visitar a los muertos y a rezar por sus almas. 
Muchos toman el funicular y se pierden, o acaso, 
me susurra ella al oído, no quieren regresar.
Los gatos y los sepultureros son los más felices del cementerio.
Los cuervos dan un concierto de flauta desafinado 
en las ramas de los árboles, 
graznan negras las podredumbres de este lugar.
Ni las prostitutas se libran de esta tristeza, 
que corre ligera y viscosa entre sus piernas. 
Cuanto más al norte, más puro es el blanco. 
Cuanto más lechosa la herida, más terrible la estampa. 
Más allá de la frontera del norte hay más mares, 
más ríos, más montañas 
y el color blanco que arde y se apaga, arde y se apaga.

domingo, 20 de marzo de 2016

Los acordes de la guitarra, vestidos con trajes celestiales, 
cruzaban el aire y me contagiaban su rebeldía.
Una canción era un himno 
y un abrigo para pasar el invierno.
En el quicio de sus vibraciones, las respuestas sonaban 
como si contuvieran la unidad del gran misterio.
Yo sentía los acordes bucear en el aire 
y quería escapar con ellos. 
I'm a loser, Superunknown, Alive 
eran algunas de mis oraciones, 
espadas forjadas con materiales fantásticos.
Bebía leche fresca con algunas gotas de whisky 
para llevar atado el paraíso al paladar.
Cuando los acordes sonaban a un volumen adecuado, 
podía sentirme como un pequeño dios.
El rumor ambiguo del rock and roll se concentraba en el ambiente 
licuado al ritmo de la gran catedral. 
¿Qué titán inútil se apoderaba de mí? 
¿Qué era aquel amor tan ingenuo y tan libre?
Sé que un día alguien dijo que vio salir de mi pecho 
una manada de polvo de estrellas. 
Es difícil saber si aquello fue verdad 
o solo un artificio para hacer sentir bien a los más insensatos.
Lluvia y pudor a partes iguales.
Un grito desde el otro lado del océano era la lucha contra la mudez irónica 
de los búfalos intoxicados de gladiolos. 
El arte de la guerra y la vejez se anunciaba en televisión 
como un cucurucho de almendras y chocolate.
Giraba la belleza sagrada de los acordes, 
relucía su bóveda de blanquísimas triadas
contra el futuro prostíbulo de anécdotas podridas.
Que no se agote el estímulo de los acordes 
cruzando la anacrónica tempestad. Que no se agote.
Un granizo de voz. Un retazo de fuego. 
Una sirena en el fulgor de la cerilla. 
Una fruta desangrada a mitad de la canción.
Hundidas las manos en la música, en su tierra húmeda, 
a donde fueron a morir los corazones y los gusanos románticos, 
las uñas volvieron iridiscentes y las rosas volaron y se hicieron acordes, 
un pétalo de perfume en busca de hogar en los oídos.
Sonaban los acordes como ángeles de ceniza lanzados a 290 km/h 
por una autopista donde un día hubo un bosque musical.
La noche despertó cantando con todo su cuerpo, 
sonaban en los semáforos las melodías de los charcos
y pude verme envuelto por la triada de acordes.

viernes, 18 de marzo de 2016

Este frío de luna,
en las tardes góticas
de la librería, a punto
de ser sombras en la nada.

Cantan pájaros maniatados
de ceniza. Relatos, fotografías,
lecturas mitológicas de la
MTV. Todo se olvida.

De camino hacia donde
los peces se hacen lluvia
y nadie sabe leer el agua,
el tiempo esculpe lava que
nunca vuelve a su volcán.

Alguien repite una letanía,
igual que las olas muerden
la tarde hundiendo sus dientes
disfrazados de un heno rubio.

También aquí late lago sordo:
un jergón de voces o
una sinfonía de avispas
entre tigres de invierno.

Cada día germina y cada día cae
abrazado a su lumínico absoluto.
Ansiaba tanto ser fuego que en el
recodo de una llama me apagué.  



sábado, 5 de marzo de 2016

​ La funda


Desde hace unos meses,
antes de que ella llegue,
limpio el piso y voy a hacer la compra.

Es viernes, el cielo brota
dulce y la saliva suave.
Suele ser el único día que
pierdo en las tareas del hogar.

Cocino algo, más bien poco,
aunque siempre compro vino.

Cuando llega, echa un 
vistazo al salón, se abraza a mi cuello y lo huele. 
Razones suficientes para dar lustre a nuestro mundo.

Siempre cambio las sabanas,
pero dejo sin poner la funda del edredón. 
Entonces ella mueve los labios.
Hace como que se enfada 
en un gesto inimitable.

Se pierde durante unos segundos 
en el cuarto de invitados 
y remueve el armario hasta dar 
con la funda adecuada.

Nos miramos, sosteniendo 
cada uno por un lado
las esquinas de la funda, 
y extendemos, de nuevo
el mapa de las constelaciones.

viernes, 12 de febrero de 2016

El día que se rompió la persiana estuve dos semanas sin ver el cielo.
Las manos suaves de lavarlas con el jabón de la ropa,
la mirada pura, en la oscuridad, que a veces rompía al encender la luz eléctrica.
Ponía música, leía y bebía agua porque el alcohol era un vicio que había abandonado,
a no ser que fuera a hacer una visita a la llaga del tiempo. Como era un poco torpe,
y no me apetecía ponerme a arreglar la persiana, conseguí poner una taza alta,
que usaba para calentar leche en el microondas, bajo la persiana.
Venían a posarse las palomas al borde de la taza.
Entonces yo golpeaba la ventana y ellas se iban. Se acabó el recreo, decía yo.
Por aquella ranura de 15 o 20 centímetros entraba una raya gruesa de luz.
Era una forma de entrar en contacto con el mundo exterior, una ironía,
otro capricho más al que le encontré la gracia en aquellos días bellacos de horas azules.
Una mañana pude ver un coche con la ventana rota y algunos objetos sin valor tirados en la acera.
Los vecinos pasaban por encima de ellos, algunos daban un saltito, otros observaban la escena.
Unos se metieron dentro del coche y salieron con algo en la manos,
como si hubieran terminado de rematar la faena.
El coche era un citroën gris, en buen estado. Tenía la grandeza de la ballena.
El utilitario había sido medio violado en medio de la noche.
Desde aquella ranura de luz, podía observarlo todo. Era una manera de ser el dueño de algo.

lunes, 8 de febrero de 2016


Al amanecer, el sol que lee
en braille la memoria de los
hombres me despierta.

Queda atrás el sueño
con el que viajar a otras islas,
adonde no llegan los animales 
enfermos cargados de tecnología.

Observo el lenguaje del fuego
en su crepitar en llamas.

Un silbido de madera 
entre las ascuas guarda 
el secreto y su universo.

La luz talla en mi boca 
nuevas formas de nombrarte,
como un arpón de viento
antes de decidirse.

jueves, 28 de enero de 2016

Un sinfín de imágenes en la pantalla, un pie medio fuera de la cama, un libro-dos libros-tres libros con los que dormir en el espacio que antes ocupaba una mujer, una soledad agradable pero que muerde, el silencio abyecto sobre la mesilla de noche, la ropa limpia y doblada, el techo como un cielo de piedra, las fotografías de la pared de un verano en la playa que resultó insuficiente, una almohada bajo la cabeza y otra pegada a la pared, una escena de la película de esta tarde difícil de interpretar, la cómoda sobre la que descansan tarros de perfumes y un osito de peluche de color blanco y una caja de reloj vacía, una notificación de la SER del partido de Copa del Rey, la toalla colgada de la rendija del armario y un bolso negro enganchado a la manilla de la puerta, el espejo de cuerpo entero en el que nadie se mira y la televisión que nunca se enciende o no se enciende desde hace meses, un whatsapp con emoticonos y sin palabras, la melodía de Honeybear, el vecino que mueve muebles a horas intempestivas, una moto que se pierde calle abajo en busca de nuevas formas de velocidad.

viernes, 22 de enero de 2016

Todos los caminos son posibles. 
La nevada del vientre dentro del vientre, 
mientras el agua vence las batallas de lo inmenso. 

Perder el tiempo en mirar cómo brotan las palabras. 
Dar vueltas al vacío del viento con las manos.

De no sé dónde es el lugar desde 
el que llega el brillo del hechizo

Lobo inquieto y barbarie habitan 
los celos equiláteros. Una ausencia cada vez 
más enorme hace un hueco de miedo en la cama. 

En blanco y negro, así se desnuda la noche

La circularidad de unos ojos abiertos 
es igual a la destemplanza de un planeta 
en busca de refugios desorbitados. 

Aúllan al otro lado de la ciudad.  
Sonidos tremendos de los que cuelgan minerales y estraza. 

Como una risa amarga y desnuda 
descomponiéndose en medio de la nada, 
se vive en esta vaga armonía. 

Los signos de la noche se olvidan al amanecer.
A la cruda luz de la mañana, todo vuelve a ser frío y verdad. 
  

domingo, 17 de enero de 2016

A veces, cuando voy a correr 
al parque, creo, con ingenuidad, 
tener las ideas y los versos 
más brillantes del día.

Esbozo columnas, reseñas, 
crónicas, entre el sudor 
y la respiración agitada, 
en tinta de saliva blanquecina. 

He contemplado la posibilidad 
de pararme a anotar en un
cuaderno toda esa belleza fugaz,
guardar en fiebres abiertas  
la demencia que me agita. 
Pero es un acto incompatible. 
Una idea antitética. 

(Reza en una pintada de la pérgola 
que es ir contra natura eso de 
cortar con brusquedad el riego 
de sangre que alimenta lo más sagrado). 

Es ahí donde he compuesto 
mis mejores canciones, 
corriendo junto al río y subiendo 
las escaleras desde donde 
contemplo el skyline de la ciudad.  
Muchos se hacen fotos o 
tienen sueños neutros 
para no perder el equilibrio.

Ciclistas, jubilados, corros de 
madres con carritos, perros
sin dueño, agrupaciones vecinales, 
corredores, patos salvajes, 
campos rotos de verde.
Todos y cada uno de ellos 
han sido mi público. 

El viento arrastra las vísceras
de la pureza que desaparece.
Azote de galgo que se olvida. 
Tribu de ojos de piel silente.
Me cruzo con cantos de piedra 
por el camino de las intuiciones,
a la velocidad del pájaro 
que picotea la sangre oscura.

viernes, 18 de diciembre de 2015



















Tenderme sobre este 
viernes de fuego y silencio. 
Imaginar quién viaja en el 
avión que vuela alto, 
ahí arriba, envuelto en un 
anhelo incesante. Mañana 
seré yo quien esté en un avión. 
Todo vuelo es una promesa 
de sacrificio y desmemoria 
entre nubes. Cada vez 
me parezco menos a aquel 
que hacía el camino anegado de miedo. 

Hay raíces subterráneas 
en el mapa del cielo. 
Son la extensión del abrazo 
que busco, el sonido de un 
temblor invulnerable.