martes, 31 de octubre de 2017

Magnética


Tú has sido madera amarga
de la noche, un batallón oscuro
cazador en mi pecho, 
aquella madrugada que todos cumplíamos años.
Bajamos a las piscinas vacías
del ayuno y acabamos las latas
de cerveza en la puerta centenaria.   
Allí se quedaron, muertas de risa,
con su disfraz de esqueletos ilusos.
Entonces me pusiste a raya
y decidiste convertirte en paraíso perdido. 
Tus labios todavía me quemaban.
Qué ridículo es escribir todo esto,
saber que me siento poeta.
Aún así, lo digo y lo escribo,
porque vivir en silencio es la mayor derrota.
Mis manos sobre tu espalda
sonaban a silbidos silvestres.
Qué tiernas y rosáceas,
las legumbres nacidas en tu lengua. 
Tuve tus ojos de claras decisiones
frente a mi boca de resaca.
Busqué en tu piel la última frontera.  
A aquello lo llamé deseo
por no saber darle otro nombre.
Antes de que el sol regalase sus primero rayos,
brotó la niebla roja en tu cuerpo.
Qué alegre nació la mañana
mientras la luz acariciaba tu pelo.
Qué tópico. Qué mierda de frío, ahora.  
Escruté el skyline por la ventana.
Afuera seguía el mundo, embadurnado;
los perros corrían felices 
a orillas del Manzanares.
Adentro, donde todo había envejecido,
la vida era un río de sentido.  
Arrancada la materia de la incertidumbre,
entré más allá de tus ojos,
y, con la miel amarrada a los labios,
como el esclavo de una promesa salvaje,
pude llamarte Magnética.

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